• Por Hugo Méndez Fierros*

La frontera es una sala de espera. Migración, espacio y tiempo


La palabra Espera tiene como raíz etimológica sperare, que significa tener esperanza en que algo o alguien vendrá o algo anhelado sucederá. Las fronteras del mundo son amplias salas de espera. Territorios instersticiales. La zona fronteriza entre México y EE-UU. es el in between donde transcurre la vida de las personas en movilidad mientras llega la aprobación del Norte, “los papeles” para ingresar al espacio donde se ha de construir el “sueño americano”.


La Real academia española define a la espera como: “Tener esperanza de conseguir lo que se desea. Creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable. No comenzar a actuar hasta que suceda algo. Dicho de una cosa: Ser inminente o inmediata”. No obstante, la espera lejos de ser pasiva, implica una serie de prácticas que la convierten en una actividad de especial interés para los observadores de los fenómenos de movilidad humana desde la perspectiva de los estudios de la comunicación y la cultura.

¿Qué hacían asentados en el campamento del Chaparral, en Tijuana, cientos de personas en contexto de migración provenientes de diversas entidades de México y Centroamérica, que fueron removidas y conducidas a distintos albergues durante la madrugada del pasado domingo? ¿Qué hacen los cientos de personas haitianas que se alojan actualmente en albergues de Mexicali? ¿Y las decenas de personas en movilidad forzada, que pernoctan debajo de los puentes? Viven a la espera de recibir asilo del gobierno estadounidense, de cruzar el muro, de encontrar trabajo. Esperan conseguir lo que han perseguido durante meses o quizá años, que les ha llevado a traspasar muchas alambradas: transformar las condiciones adversas en situaciones de posibilidad para vivir una vida mejor.


Musset, Correa y Bortolotto (2013), han escrito que “se asigna erróneamente a la espera una función pasiva que no corresponde a la realidad de las prácticas sociales puesto que, mientras esperan, los individuos y los grupos tienen múltiples actividades que están en sintonía o no con su situación inmediata. Todo depende del tipo de espera (formal, informal, institucional o imprevista) y del lugar de espera (un lugar hecho para la espera o un espacio que se convierte, por fuerza, en un lugar de espera)”.

La espera dota de sentido y significados sociales al espacio que se habita momentáneamente. También es elemento central en la reconstrucción de las identidades de las personas en movilidad y de sus grupos de adscripción que se encuentran en situación de espera, donde el tiempo ha quedado suspendido. De ahí emergen las significaciones de la frontera como una gran sala de espera.

La frontera es una terminal de arribo y salida. El gran muelle de infinitos desplazamientos. La apropiación de la frontera como un nuevo espacio de vida temporal tiene importantes implicaciones en las identidades de los inmigrantes y en la de los habitantes de la frontera bajacaliforniana ¿de qué manera habrán de consolidarse algunas reconfiguraciones culturales en este territorio? ¿cuáles son las diferencias entre los grupos y nacionalidades de origen, en estos procesos de ruptura y transformación? ¿cuáles serán los efectos socioculturales a lo largo del tiempo? Eso es relevante seguirlo pensando y documentarlo, sobre la base del entrecruzamiento espacio-tiempo.



*[No. 64/2022]. El autor de esta publicación es profesor-investigador

en la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC.

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